Quillotro

María Corral Pérez "la Mangacila"

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19 de septiembre de 2009
Quillotro - María Corral Pérez
Fecha nacimiento: 14 de abril de 1931
Fecha defunción: 3 de septiembre de 2009
Apodos familiares: Mangacila (paterno) y Trebes (materno)
Fecha de Entrevista: 30 de abril de 2000

El ambiente primaveral de los días de abril hace casi diáfano y nítido el paisaje. Su perfume y las fragancias frescas de las flores nos transportan a la eterna juventud de A. Machado…

¡Entre las hierbas, alguna humilde flor ha nacido
y mística primavera!
¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante el azul lejanía,
sol del día, claro día!
¡Hermosa tierra de...!

Cuevas del Campo, trigos verdes, olivos en flor, rojas amapolas adquieren sus armónicas danzas al paso sosegado del levante o del solano. Insectos embriagados de polen y azúcares revolotean, torpemente, entre las flores silvestres de la Colonia. La mañana entra de lleno con su sol matinal acariciando tibiamente nuestro pueblo...

Nací sobre mediodía, en el barrio Caradas, el catorce de abril de 1931”, me dice María Corral, con una placidez aparente, pienso yo, aunque sus pupilas reflejen la inquietud de mis primeras preguntas. Poco después la serenidad comienza a transpirarle por doquier. “Ese día mi hermano Manolo hacía la Primera Comunión y había venido el Sr. Obispo (link a una biografía en wikipedia de Manuel Medina Olmos) ".

Pero aquella mañana no sería como las demás. El destino tenía asignado un acontecimiento importantísimo para nuestro país. Se instauró la República, con grandes desórdenes y persecuciones, después de quince siglos de monarquía casi ininterrumpida; y lo mismo que Alfonso XIII salió "escopeteado" de España, el Sr. Obispo de Guadix lo hizo “esrabotao” de la ermita de nuestro pueblo dejando atónitos y plantados a sus feligreses. Claro, aquéllos eran otros tiempos.

María, aparentemente es tranquila y sosegada aunque a veces me confiesa con sinceridad: “soy cabezona, un poco orgullosa y -cómo a todos- me gusta imponer mi voluntad, pero soy como un libro abierto”.

Tiene el don de la simpatía y cuando te acercas a ella aparece la sonrisa en sus pupilas. De palabra precisa y sin gritos, -como debe ser- el ademán contenido, la inteligencia clara y el espíritu constructivo; por eso su entorno aparece, casi siempre, lleno de sentido común.

La niñez de María fue, a pesar de aquellos años, “feliz y corriente”, como dice ella misma. Los días de escuela los recuerda con cariño y nitidez. “Como éramos muchos niños y niñas, y pocos maestros, se hacían dos turnos, uno por la mañana y otro por la tarde. Allí, además de jugar aprendí muchísimo”, entre aquellos inolvidables críos de los años treinta, recordando a ”Enrique el Barbero y su hermano, uno de los Aragones, Blánquez el que tuvo la papelería...” y sobre todo aquellas vivencias infantiles y maravillosas junto a Dª Anita, su maestra.

Quillotro - María Corral Pérez

También por la tarde, -prosigue- iba a la escuela del maestro Alpargatero. Allí aprendí a rezar, a cantar las tablas, los meses del año; todo era cantando", me dice María, mientras su cara se va transformando en esa niña feliz y “picoreta” de aquellos años de intranquilidad, hambre y miseria.
Después, cuando éramos más jovencitas nos pusieron con el maestro Cojo, que se llamaba Antonio. Aunque la primera vez que fui a la escuela fue en el Pozo; entre uno y dos años tendría yo. Recuerdo después a Dª María Antiñolo como una maestra muy guapa, elegante y morena con el pelo rizado”. Hace una pequeña pausa y me dice “Luisa la de Robustiano me dijo que también fue maestra suya”.

María me va recordando su vida paso a paso, sin prisa pero sin pausa, con una nitidez y claridad extraordinarias y con una cronología digna de un buen historiador, como si nos hubiésemos transportado al pasado por arte de magia.

María Corral siempre fue de naturaleza gentil y generosa y más aún con sus amigas a las que guarda una lealtad y un cariño inquebrantables, “... a Celia la de Augusto la quiero mucho, a la mujer de Jesús Molina y después de mayores a la Chica Chingara, Choni Carmona, Luisa... Recuerdo cuando paseábamos de arriba abajo del Paseo, aunque no todos los días. Salíamos tempranísimo porque teníamos que estar en casa al ponerse el sol. Entonces no se estilaba que los jóvenes estuviésemos en la calle. Sólo se salía de noche, cuando había cine o baile, en Navidad o San Isidro, pero siempre acompañadas.

Quillotro - María Corral Pérez
De izquierda a derecha: Fernando Rull Rodríguez, María Josefa Carmona Ruiz(Chica Chingara), María Corral Pérez y Fernando Martínez Molina.

Es este momento María se transforma mientras me va contando, con todo detalle, sus vivencias. Se rebela contra aquellas normativas anticuadas, estúpidas y sin sentido, que como buena hija obedecía pero no aceptaba en su interior porque “no llevaba a ningún sitio. Eso de ir solos no se estilaba, ni con el novio ni con nadie. Yo salía con mi hermana, que lo tenía a escondidas. No sé lo que pasaba. Ningún hombre que llegaba a casa de una chica, ninguno era bueno. No sé como pensaban nuestros padres.

María sonríe, hace una pausa y respira profundamente. Luego continúa. “... aunque llevases con él dos años, allí no te tocaba tu novio ni esto,” me dice, haciendo un gesto con los dedos de la mano derecha.

Después, un poco más relajada, le vuelve, una vez más, la sonrisa a la cara “es que todo era así; estaba mal visto. Yo conocí a mi marido a los diecisiete años y él tenía veinticinco. De principio mi padre se amparaba en que era muy viejo para mí y además, como era forastero, no había manera de que entrara en casa.

¿A qué edad se casó, María? (Suena el timbre de la puerta de la calle. María sale unos instantes, luego entra y prosigue:)

Yo", me dice con esa naturalidad y sencillez de siempre, “me fui con el novio porque estaba enamorada, pues en casa no se podía hablar de casamiento. Tenía diecinueve años. Fernando habló con su tía Manuela la del Quico, que era donde paraba cuando venía a verme. Me fui con él, pero yo dormía con su tía”, -me dice mirándome a la cara por si yo no lo tengo claro- “así estuvimos un montón de tiempo y Fernando lo entendió perfectamente”.

Luego nos fuimos a vivir a Baza un poco tiempo y después de nacer mi hija pequeña nos fuimos a Barcelona”.

María siempre fue sincera, honrada, trabajadora y muy exigente con los demás y consigo misma, se le nota por los cuatro costados. Critica todo aquello que lo merece, pero con honestidad, como debe ser, y se rebela y acalora ante las injusticias. Es algo que no puede evitar.

¿Cambiamos el tema, María? Cuénteme como era una romería de San Isidro en aquellos años. “La gente salía del pueblo andando con el santo. Aquí en la Colonia lo vestían muy bonito; con ramas de chopo hacían una especie de “charnaque” y dentro se colgaban los mantones de Manila y las colchas más preciosas. Se vestían también unas mesas y allí se ponía al santo. Todo era más bonito que ahora. El Ayuntamiento hacía siempre una comida para todos y la gente, en el campo, se comía en el suelo, pasándose la bota con el vino. Un verdadero acontecimiento era siempre aquéllo”.

María esconde tras su personalidad valores tan interesantes como la lectura, la poesía o la pintura, por eso al preguntarle por sus pinceles, habla y habla sin parar de sus cuadros y bodegones. Se transforma entera, le brillan los ojos y parece otra mujer. Disfruta con su destreza, por eso ama apasionadamente la belleza y la valora como una verdadera artista que es.

Su casa es un auténtico museo digno de ser visitado. En cada pared, en cada rincón, por oculto que éste esté, aparece la vida y la sublimidad creada con sus pinceles en los óleos. No hay un lugar oscuro en su casa de la Colonia. Todo es luz y claridad, porque “uso todos los colores menos el negro” me dice con esa tranquilidad y seguridad que lleva consigo cuando habla de lo suyo, como si sujetase el tiempo para que no pase.

Quillotro - Pintura de María Pérez Corral
Quillotro - Pintura de María Pérez Corral
Pinturas de María Corral Pérez

 

Y esa afición por la pintura ¿de dónde le viene? “Me viene desde siempre. Mi primer cuadro fue un bodegón, pero no lo tengo conmigo; no sé dónde está, no lo tengo. Recuerdo que era una hoya con la boca ancha, de barro y medio tiznada. La ponía mi madre en el corral para echarle agua a las gallinas. Me senté aquel día en la pica que había al lado de la marranera, mientras comían los cerdos, y con un carbón de la lumbre dibujaba en papel de estraza o en las paredes. Mi madre me daba cada pasá que para qué".

Elíjame un cuadro entre todos, le digo. Rápidamente me contesta sin pausa, como si ya conociera la pregunta de antemano. “Me quedaría con el de mi hija con el niño y no sé por qué. Es algo que siento dentro y no se puede expresar. Al hacerlo también lo sentía y al mirarlo; ¡es una cosa tan bonita y tan agradable!", me dice.

Y de venderlos, ¿qué me responde, María? “¡No vendo nada! ¡Esto es mi tesoro!" - Contesta toda segura de lo que piensa, mientras se le va dibujando, poco a poco, en su rostro una sonrisa de satisfacción - “... aunque he dibujado bastante.”

Y los apodos ¿de dónde vienen? “Verás, el de mi padre, Mangacila, viene de un tatarabuelo. Le hicieron una camisa con las mangas muy anchas, así que le bautizaron con el Mangas.

El de mi madre procede de otro antepasado. El tío Domingo Trebes. La gente vieja se tiene que acordar de él. Antiguamente se hacían bailes en las casas, con juegos y parodias. En uno de esos bailes no tenía que ponerse de sombrero; así que se le ocurrió colocarse unas trébedes en la cabeza. De ahí viene todo”. La verdad es que María Corral es una persona que te cautiva siempre con sus relatos e historias.

La sinceridad de esta mujer en todo lo que dice y su pasión por lo que le gusta, hacen de ella una mujer apasionante y llena de vida, a pesar de que hace poco tiempo el destino le haya jugado una mala pasada, se llevó a Fernando de su lado para siempre, cómo la poesía misma, como la primavera de los versos de Machado.

“Pasado los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río”

A. Machado

 

 

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